miércoles, 22 de noviembre de 2006

Siempre el teatro

Alfredo Rivera Flores

Sucedió una tarde de otoño en la que ni el frío ni el viento imperante nos importaban. Caminábamos de prisa. Ella, porque así fue siempre su estilo; yo, por la emoción. Todo el camino me había explicado en qué consistía eso llamado teatro, y yo seguía sin entender. Por ello volví a preguntar: “Pero, ¿cómo está eso de que es de a de veras, pero es mentira?

Dos horas después, cuando abandonamos la carpa del circo que había servido de escenario a la elemental comedia de errores, yo iba deslumbrado. Al correrse el telón, apareció una casa; clarito se oían los portazos, el timbre del teléfono y el claxon de los coches en la calle. La cachetada que ella le dio a él, al descubrirlo con otra, fue de a deveritas: la vi perfectamente, mejor que en las luchas. Y los gritos y los besos que delante de todos se dieron el señor y su vecina eran reales. A mis nueve años, ¡mi madre me había regalado el teatro!

Cincuenta años después, tal vez también en otoño, con el alma en un hilo escuché finalmente la voz que anunciaba: “Tercera llamada, tercera… Comenzamos”. A más de veinte metros de altura, un enorme cerdo albino se desplazaba lentamente en el inicio de la cadena de producción de una fábrica que elaboraba embutidos. A ese asombro inicial siguieron muchos otros en el transcurso de las casi cinco horas que duraba la presentación de Santa Juana de los Mataderos, de Bertolt Brecht.

El fragor de la desigual disputa entre los hombres del capital y los huelguistas se daba ante nuestros ojos. Veinticinco actores, que caracterizaban a ciento veinte personajes, representaban para nosotros lo más grande y lo muy pequeño de los comportamientos humanos. Las lágrimas rondaban, y la mano pugnaba por levantarse solidaria con los desarrapados que cantaban la Internacional.

Las caricaturizadas actitudes de los hombres que en la bolsa de valores se enriquecían de sopetón o quebraban en un santiamén, provocaban en los espectadores una carcajada nerviosa que drásticamente se interrumpió con el estruendo de la bala con la que al volarse los sesos, pretendió evadir su deuda un perdedor.

Aún estremecería más la muerte del obrero literalmente tragado por la máquina que trituró sus huesos. Juro que ninguno de los espectadores pensaba que simplemente éramos testigos de una función teatral.

Restaba el impacto final: la desolación que Brecht nos dejaba en esa última escena en la que veíamos representados a todos los seres explotados del mundo mediante ese puñado de hombres y mujeres desnudos, colgados de los pies, y que ocupaban el lugar del cerdo en la cadena productiva.

Cuando terminó la función ya era muy noche; sin embargo, caminábamos lentamente. Yo, porque ese era ya mi estilo; él, por el cansancio de la actuación. Pero, la tensión del reciente estreno hacía que Daniel, mi hijo, respondiera emocionado a mi larga lista de preguntas. Yo estaba urgido por conocer a detalle cada uno de los ocho papeles que había representado; quería saber lo que había significado para él haber sido dirigido por Luis de Tavira; deseaba conocer la emoción imborrable que debía sentir por pertenecer a la Compañía Nacional de Teatro, así como enterarme de las ingeniosas soluciones a los problemas técnicos del montaje —que incluía mover una compleja plataforma de varias toneladas de peso— y de mil aspectos más. Luego, relativamente serenos, retomamos nuestro tema de análisis recurrente: “¿Por qué es necesario seguir haciendo teatro en estos tiempos?”.

Nos perdimos, como siempre, en una variedad de respuestas. Pero, su plenitud al vivir para el teatro y mi felicidad por testificarlo eran evidentes.

Cuando al fin la llegada a casa era inminente, le comenté sin que él entendiera por qué: “Esta noche volví a quedarme sin saber si el teatro es de verdad o de mentiras, pero ya no me importa”.

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